Mi crítica sobre la última persecución contra Jesús y su Iglesia.

Apoyado en mi experiencia personal hago mía una afirmación que oí hace muchos años a un viejo, sabio y santo sacerdote: “el peor de los sacerdotes es el mejor de los hombres.”
Teniendo en cuenta que muchos santos no han sido sacerdotes y muchos sacerdotes no fueron santos, insisto en que el más bueno de los hombres será siempre peor que el más malo de los sacerdotes.

¿Por qué? Pues porque, al menos en un momento de nuestra vida, el que acepta la vocación sacerdotal, además de saberse elegido y querido particularmente por Jesús, hace el mayor acto de amor, entrega, abnegación y sumisión que se puede hacer; siempre la motivación deberá ser el amor a Dios y en favor de toda la humanidad. Se sacrifica todo por esta causa:
“Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15. 13)

Por eso los sacerdotes, además de disfrutar de lo sobrenatural del ministerio, podemos soportar soledades, pesadas compañías, incomprensiones, desconfianzas, sospechas, juicios, críticas infundadas, etc.
“Ofrecí la espalda a los que me apaleaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado” (Is 50. 6,7).
O como lo expresa san Pablo en una de sus cartas: “Yo lo puedo todo en aquel que me conforta” (Fil 4.13).

Antes que amilanarnos, debemos sacar coraje y fortaleza al modo de Jesús y los profetas, para anunciar y denunciar, haciendo que resplandezca la caridad y la justicia. No olvidar nunca que no somos autores si no instrumentos, es decir, no predicamos nuestra santidad personal si no la de Jesucristo.

Lo que San Pablo aconsejó a los presbíteros de Éfeso deberíamos traerlo, frecuentemente, a nuestra memoria y voluntad para poder practicarlo todos.
El texto dice:
“… instando a judíos y a paganos a convertirse a Dios y a creer en nuestro Señor Jesús”(Hch 20.21).
Es lo mismo que decir: instar a creyentes y no creyentes, a que se conviertan a Dios y crean en nuestro Señor Jesús.
La clave está en anunciar con el convencimiento, por experiencia, de que Jesús es el verdadero y único Dios, y que la Iglesia fundada por El, es la única y verdadera:
“Porque en ningún otro hay salvación, ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos” (Hch 4.12).
Las demás religiones tendrán elementos que coincidan con la Iglesia católica pero, en absoluto, ninguna de ellas es la verdadera. Verdadera sólo puede ser una, como el Dios verdadero sólo puede ser uno. El concepto de unicidad que afecta a la definición de Dios, implica que Dios sólo puede ser uno.
Otro punto interesante:
“Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre” (Hch 20.28).
La mejor forma de velar, a mi parecer, es mediante el arma poderosísima de la predicación, y de la escucha atenta y meditativa de la misma. San Pablo lo recomendaba a Timoteo, su compañero y obispo de Éfeso:
” Te conjuro delante de Dios y del Señor Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y en nombre de su manifestación y de su Reino: proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta con paciencia incansable y con afán de enseñar ( 2Tim4.1,2).
Esta predicación, por la catolicidad de la Iglesia, no solo debe dirigirse a los hijos de la iglesia, si no también, a todos los hombres del planeta.
“Reprende, exhorta con paciencia incansable y con afán de enseñar,” no solo (entiendo yo) a los fieles que, actual y públicamente, son amonestados con toda firmeza por las autoridades eclesiásticas. Quizás urge tanto o más, reprender a ciertas personalidades instaladas en “estructuras de pecado” mundiales, que de forma tentativa e ineludible, influyen en la moral universal, absolutamente reprochable.
Entre estas personalidades, hay jefes de estado, reyes, príncipes, intelectuales, artistas, deportistas, periodistas, científicos, etc. Caen ellos en corrupciones y convirtiéndose en modelos de corrupción.
Sin duda que algunos de estos, cínicamente, cuando conviene para satisfacer sus ambiciones de poder omnímodo y otros intereses, orquestan campañas mundiales contra los principios y valores que la Iglesia custodia y promueve, aireando los delitos cometidos por algunos de sus miembros consagrados, para mi opinión, víctimas desprotegidas de su plan corruptor.
Es la táctica de Satanás que tienta, seduce para que caigas y una vez caído, te acusa, reprochándote la maldad que cometiste y tu impotencia para salir de la maldad por ti mismo.

Continuando con el libro de los Hechos, el autor advierte algo que también está sucediendo en nuestros días:
“Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño; y también que de entre vosotros mismos, se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí” (Hech 20. 29,30).
Aplicando esta enseñanza a lo que estamos viviendo ahora en la Iglesia de todo el mundo, veo la mala intención de algunos que siguiendo los pasos de Judas Iscariote, denuncian a la opinión pública, a mi parecer, de forma rencorosa y vengativa; graves delitos de algunos consagrados, con una clara intención: dañar el prestigio de la Iglesia, la institución más perseguida, en todas las formas posibles, desde que Jesús la fundó.

En mi opinión, estamos en una persecución más, de las que hacen que la Iglesia continúe siendo la principal fuente de esperanza, justicia, paz y salvación para la humanidad.
Lo lamentable y penoso es que los verdaderamente perjudicados de estas campañas de acoso y derribo, no son los miembros de la Iglesia y mucho menos los sacerdotes. Los, principalmente, dañados son los niños y jóvenes que pudiendo encontrar la paz en ella (como fue mi propio caso), serán intencionadamente privados de la LIBERTAD que sólo la iglesia les puede dar. Al mismo tiempo estarán entretenidos y “secuestrados” con sabrosas y abundantes golosinas de porno, porro, futbol y pop, pop, pop, muuucho ¡ pof !

De esta forma el plan de Dios sigue su curso: El demonio, el mundo y la carne, resentidos por los que el Señor liberó de la esclavitud, luchan con denuedo. Tratan de impedir más rescates, procurando al mismo tiempo, recuperar, a los ya rescatados del Señor. Por esto amonestó Jesús:
“Y les dijo: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a sus mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos” (Cl. 10. 2,3)