Julio 2006

El poder es mucho más que una palabra o un concepto. Para muchos (tal vez para todos) el poder es una opción, un proyecto, una meta o un fin. El poder seduce. Es instinto de conservación. Lo difícil es obtenerlo con justicia, sin errores, por la vía de la verdad. Recordemos la bellísima exposición que la Biblia nos ofrece del poder de Dios en los dos primeros capítulos del Génesis: todo es generosidad, todo es don.
Teológicamente, el poder es uno de los principales atributos divinos, por eso decimos que Dios es absolutamente todopoderoso.

El hombre de todas las épocas y culturas, desde esta perspectiva del poder, ha pretendido explicar enigmas como el origen del mal, la libertad, la muerte, etc. Así, por ejemplo, en los dos capítulos siguientes del libro ya mencionado, aparece un deseo de dominio sobre los demás en personajes como satán, Adán, Eva o Caín. Estos, urgidos por la codicia, por la envidia u ofuscados por la mentira; quieren conseguir poder, contradiciendo al que lo posee en exclusividad: Dios mismo es el poder.
Sin embargo, todos perecen en el intento: satán, permanecerá eternamente humillado por haberse autoexcluido del orden establecido por el Todopoderoso; el hombre, por ignorante y codicioso, quedará temporalmente prisionero de la tiránica mentira de Satán.

La atenuante de ignorancia y el poder del amor, mueven a Nuestro Señor Jesús a hacerse hombre, para mostrar a los hombres cómo adquirir la fuerza y el vigor del verdadero poder; de este modo liberará a los que lo sigan, de la satánica tiranía.
Nuestro Señor desprecia el seudo-poder de las riquezas, del éxito, de la fama, del prestigio, etc. que le ofrecen sus enemigos. (Lc. 4,1-13)
Llegada “su hora” (Jn. 12, 23-27), Jesús es ajusticiado y condenado por el seudo-poder del mal y de los malos, que lo odian hasta la muerte. Mientras le torturan, reza al Padre pidiendo clemencia y perdón para sus verdugos. Algunos de ellos, admirándose de esta potencia del amor, arrepentidos, se golpean el pecho, gritando: ¡verdaderamente este es Dios! (Lc. 23, 47-48).

Hermoso poder-amor de Jesús que jamás conduce a la violencia, al temor, al odio, al miedo, la tristeza o la desesperación. Muy al contrario proporciona libertad, esperanza, paz, y el per-dón hasta de los enemigos.
¡ Señor Jesús danos tu amor, danos tu poder!