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HE NACIDO PARA SER SANTO (MAYO 2006)

Saber y conocer quién soy yo, de dónde vengo y hacia dónde voy, ha sido para mí la tarea más estimulante, sorprendente y venturosa de todas las que he realizado en mi vida.
A lo largo de los años, por el estudio y la experiencia personal, no encontré una respuesta más bella y convincente que la que descubro continuamente en la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia.

Traigo a la memoria un mandato del Levítico 20, 26 “Sed santos para mí, porque yo Yavé, soy santo, y os he separado de las gentes para que seáis míos”. O la revelación de San Pablo a los Efesios 1, 4: “Por cuanto nos ha elegido en El, antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor”. Observo, que Dios se revela como Santo, término que en la Biblia, es sinónimo de Justicia.

Según el Génesis, Yavé creó a nuestros primeros padres a su imagen y semejanza en un estado de felicidad perfecto, ordenado y justo. No obstante, porque Dios no puede contradecirse así mismo, dejó al hombre en su libertad; pues la obediencia y el amor perfectos no se deben imponer.

Por la puerta de la libertad entró Satanás al ataque mintiendo a nuestros primeros padres. Les ofrece un poder similar al de Dios si rompen el orden y la justicia con que el autor de la creación hizo todo. Concebida la mentira se hinchan de amor así mismos desconfiando de Dios, de este modo, afean y rompen la bella armonía de lo creado; sin embargo, quienes realmente salen perjudicados son los transgresores. El tentador se oculta, Adán y Eva presos del miedo y el temor se esconden…

Esta es para mí la gran tragedia de la humanidad: cambiar la Verdad por la mentira. Confundir el bien con el mal. Romper el orden que el creador estableció para beneficio de todos. Qué gran injusticia fruto amargo de la envidia que desea “matar” a quien ostenta un poder mayor.
Por otra parte qué gran Justicia la de Dios, fruto de su infinito amor, buscando y llamando a sus criaturas al arrepentimiento para concederles el perdón y la santidad.

Sólo queda afirmar, con certeza absoluta, que la santidad (o al menos el deseo de alcanzarla), es una deuda que todos deberíamos pagar, por justicia, al buen Dios. El nº 301 de Camino San José Mª Escrivá escribió: “…un secreto a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos…” esta afirmación queda confirmada en el nº 825 del Catecismo de la Iglesia católica: “todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre” LG 11.