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Unidad y amor a la patria, sí. Nacionalismo separatista, no

Los que trabajan por la unidad son buenos, sabios, bellos y verdaderos. Los que trabajan por la división y el separatismo son malos, ignorantes, feos y mentirosos.
Los primeros se parecen a Dios y los segundos al diablo (el que divide).
Siempre, todos los españoles hemos entendido que los vascos forman parte de España, incluidos los 250.000 autoexiliados y muchos otros, silenciados y atemorizados por el terror de los violentos independentistas.
Si patria viene de padre y el Padre causa la patria; la verdadera patria de los vascos y de los españoles es España.
Santos vascos como Ignacio de Loyola, San Valentín de Biorrochoa, santa Josefa Sancho, etc., trabajaron por la unidad entre todos y con Dios.
Los independentistas, negando a Dios, originan la división entre ellos mismos, con el resto de los españoles y Dios.
Cristo, pese a quienes lo niegan o les molesta, es factor básico de la unidad en nuestra cultura europea. El cristianismo nos enseñó el respeto, la empatía y el amor a Dios y al hombre.
Muy al contrario, el separatismo, procede y es causante de la indiferencia, la exclusión y hasta del odio al hombre y a Dios.
Por eso los nihilistas pretenden quitar a Dios y al hombre, el derecho a permanecer unidos en el respeto y el amor.
Todos los activistas y simpatizantes del terrorismo, antisistema y perturbadores de la paz social son anti-Cristo. Por todos debemos orar, constantemente, pidiendo su arrepentimiento y conversión, pues para Dios nada hay imposible.
¡Cuánto sufrimiento habéis ocasionado a tantos compatriotas vuestros españoles asesinando, secuestrando y robando…
Creo que El Señor, a quien el pueblo vasco amó tanto, y, todos los que hemos sufrido por vosotros, os perdonaríamos, si sinceramente pidiérais perdón a Dios y a las víctimas.

Octubre 2006

En representación de Jesucristo y de la Iglesia que él fundó sobreviviendo a siglos de historia, viva y activa desde sus orígenes, me dirijo a cada uno de los jóvenes que lean esta carta.
Antes que nada deseo manifestaros mi respeto y consideración por todos. Sea cual sea vuestra ideología, religión, cultura, situación moral, etc.
Por mi experiencia personal, os puedo asegurar que Jesús ama a cada uno por lo que es, no por cómo es. Sabemos que somos criaturas del Creador. El siempre ama a su criatura con un amor eterno. No cambiará este amor, aun cuando la criatura se oponga a quien y de quien recibió todo.

Muchos, agobiados por problemas diversos y por falta de sana información, dudan del amor eterno de Dios y de su poder infinito. Desconocen el paraíso y el método que Él mismo nos reveló para ser felices.

Otros, habiéndose “molestado” en conocer para entender, han conocido y entendido que la felicidad auténtica no es como el cohete: encerrada en sí misma, explosiva, frenética y transitoria. Se parece más bien al mar en calma: abierta a todos, productiva, serena y poderosa.

¡Cuántos jóvenes, siguiendo el deseo innato de felicidad, buscan y encuentran apariencia de paraísos transitorios y engañosos en lugares, cosas y personas, que les provocan estados de soledad, hastío y frustración! Esto se debe a que nunca las criaturas podrán dar lo que sólo posee el creador.

La fuente de la belleza, del bien, del amor y la unidad está en Jesús. Él es el Todo. Quien vive en él, con él y para él, lo tiene todo y no carece de nada. Por el contrario quien se conforma sólo con lo que puede ver y tocar disfrutará de las criaturas, poseerá muchas, pero todas, como el cohete, se convertirán en nada.

Yo, que anduve por paraísos efímeros y vacíos como muchos de vosotros, os quiero dar testimonio de que el verdadero paraíso que me ha hecho libre y perennemente feliz ha sido Jesucristo. Él es el camino, Él es el verdadero paraíso. Él, como una droga, te lleva al cielo, pero, sin herirte y, mucho menos, sin matarte.